Siete Crisantemos » Escritos
Dic 11
La memoria de Amira
icon1 Germán | icon2 Escritos | icon4 12 11th, 2008| icon3Sin Comentarios »

sad.jpg
Foto del autor original en Flickr

“…all the little boys and girls
living in this crazy world
all they really needed from you
was, maybe, some love…”
John Lennon

Hay una niña sentada en un pequeño banco de madera, al lado de un cacto espinoso que triplica su tamaño. El sol arrasa el desértico suelo, y el escaso viento hace rodar pequeñas piedras a sus pies. Está desnuda. Su piel es morena y su cabello sucio. Tiene la mirada fija en algún lugar del horizonte. Está como esperando algo. Por el camino paso yo, aunque en realidad no me he movido de mi sillón de cuero en Buenos Aires, con el aire acondicionado encendido y un vaso de agua fría en la mano.
Me resulta extraño a la distancia, ver que aunque esté desnuda, tiene un diminuto arito en la oreja; pero no le presto más atención al detalle. Me acerco caminando con lentitud para que no me vea. Sé que me daría vergüenza encontrar que sus ojos son tan humanos como los míos. Sus manos están temblando aunque el calor es agobiante, y un ciempiés, o una especie de insecto que nunca he visto, camina encima entre sus dedos, sin que ella se perturbe. Está acostumbrada a ser devorada de a poco sin tener culpa alguna.
Mientras más cerca estoy, más miedo tengo. No sé a qué le tengo miedo, estoy muy cómodo.
Con timidez la saludo. Responde mi saludo, pero baja la cabeza. No tiene ningún diente en la boca, no puedo estar seguro si es por la edad o por algún otro motivo. Estando tan cerca puedo ver que tiene los brazos hinchados. Estando cerca puedo ver que se saca de la oreja lo que yo creí que era un arito. Puedo ver que en realidad era un pequeño gusano. Puedo ver que lo lleva a la boca y lo come. Quizás es lo único que comió en el día. Quizás es lo único que comió en la semana. Otro pequeño gusano se asoma pero ella no lo siente, son demasiados, y no se mueven de allí. Le pregunto cómo se llama, y me dice Amira. Me mira a los ojos. Los suyos son oscuros, de los míos no importa el color, pero doy fe de que jamás habían visto algo tan triste como esa niña. Le pregunto qué está haciendo ahí. Me dice que no se acuerda. Me da la misma respuesta cuándo le pregunto dónde están sus padres. Me dice que me va a contar un cuento. Me habla de un hombre que mató hace más de cien años a los padres, de los padres de su padre. Me dice que en esa época su abuelo, que era un bebé, se salvó junto a otros pocos. Me dice que desde aquel día están esperando el momento en que todo cambie, me cuenta-ya fuera del pequeño cuento-que cada cierta cantidad de años -no sabe precisar cuantos- viene un hombre distinto a su casa a decirles que ese momento se acerca. Cada vez que viene es una fiesta, y hay comida de verdad. Ellos sólo tienen que aportar su grano de arena, según dicen. Tiene que ir y poner el papel indicado en el sobre; allí, en esa ciudad donde se ejerce el deber de ciudadano, a unos cuántos kilómetros del pequeño pueblo que nadie sabe cómo se llama -tal vez porque tiene miles de nombres en miles de idiomas. Luego queda esperar. Ya van tres generaciones de espera. Pero seguro que el momento se acerca, me dice con una sonrisa verdadera. Yo no soy nadie para robarle la esperanza, le devuelvo la sonrisa. Ella me ha robado la esperanza a mi.
Se hace de noche y empieza a caminar. Yo voy detrás. No la veo porque está demasiado oscuro, pero escucho sus pasos y los persigo. Cada vez que piso algo húmedo, agradezco que la falta de luz me de el beneficio de la duda, entre si es agua, o sangre de sus pies. No quiero introducir en la ecuación al hecho de que no ha llovido en meses.
A nuestra espalda hay más estrellas de las que jamás imaginé.
No puedo decir cuánto tiempo tardamos, pero puedo estimar que fueron varias horas. Medir el tiempo por la cantidad de gritos de dolor que ella soltó mientras caminaba, sería demasiado cruel. Pero sobre todo impreciso porque ella es muy resistente.
En un momento llegamos a una especie de rancho donde el techo y el piso eran de paja y donde un madero ardiente alumbraba todo. En el rancho estaba uno de sus hermanos. Le dio un abrazo cuando llegó. A mi no me presentó, de hecho creo que él no me vio. Era como si yo fuese un fantasma –luego de escribir estas palabras, alguien que las leyó me dijo que todos parecemos fantasmas-.
Amira se acostó en el piso al lado del madero. Su hermano la cubrió con una manta y le deseo buenas noches; luego se fue. Ella me dijo que antes de dormirse le gusta jugar a distorsionar su memoria, y que se prepara para soñar nuevamente lo sucedido en el día pero con las modificaciones a su antojo. Me dijo que esa noche iba a modificar casi todo, que iba a soñar que tenía ropa y que sus padres también le deseaban buenas noches. Me dijo que iba a soñar con comidas más sabrosas. Me dijo que iba a soñar que llovía y que podía lavarse un poco. Me dijo que lo único que iba a salvar de ese día era mi visita. Luego cerró los ojos, y me dijo que a ella le gustaría que me quede allí; y que mañana además, venga otra persona.

Yo desperté en mi casa con mis eternas comodidades; aliviado en cierta forma de que Amira sea solamente una pesadilla. Lloré cuando pensé que esa idea, era igual de ingenua que sus sueños. Lloré cuando me di cuenta que en el mundo, hoy murieron treinta mil Amiras que tenían esperanza de que yo me quede, y que haga algo además de llorar.

Nov 29
De a poco
icon1 Germán | icon2 Escritos, Poesía | icon4 11 29th, 2008| icon32 Comentarios »

sombra1.jpg
Foto del autor original en Flickr

Entre cada segundo hay un segundo nuevo.
Amanece a cierta hora, pero al minuto siguiente amanece otra vez.
El mundo cambia. Nuevas sombras nacen, y otras mueren.
El rocío, como las lágrimas, permanece inmutable.
El sol se encargará de disolverlo en la tarde.
Acaso una gota se adentrará en la tierra
mientras el verde pasto se tiñe en oro.
Algún día, esa gota lloverá.

Quizás, esa pequeña gota que cae
en esta noche de melancólica lluvia
alguna vez fue rocío,
o alguna vez fue lágrima.

Hoy es sólo una gota más. Como este instante. Como este ser.

El verdor que había en mi, el oro que reverberaba en cada cosa que miraba,
otoña en una nube negra.
La gota ahora se aferra al cristal.
La gota ahora se desliza por mi mano.
¿Por dónde se deslizan mis memorias?
Caen en la tierra, como las flores en primavera.
No sé si algún día volverán a florecer.
Yo no tengo nada de cielo. Yo no tengo nada de tierra.
El rocío se pierde huérfano en la eternidad

Mi piel, y mi corazón extrañan lo no sentido.

Nov 22
Hay
icon1 Germán | icon2 Escritos, Poesía | icon4 11 22nd, 2008| icon31 Comentario »

kiss.jpg
Foto del autor original en Flickr

 Hay ciertas películas
ciertas canciones,
ciertas personas.

Hay ciertas esquinas
ciertos atardeceres,
ciertos silencios.

Hay ciertas preguntas
y ciertos momentos,
Hay cierta sustancia
que siempre se está perdiendo.

Hay ciertas memorias,
ciertas palabras,
Hay la partida de ajedrez
de cierto poeta.

Hay ciertas estrellas
y alguna luna llena
que nunca voy a entender.

Hay ciertos corazones,
ciertos continentes,
ciertos sueños.

Hay cierta geografía,
de piel y azufre.
Hay una guitarra
quemándose en la ventana.

Hay un rumor en la brisa
que repite cierto nombre
que nunca voy a besar.

Nov 20
Mi Ícaro
icon1 Germán | icon2 Escritos, Poesía | icon4 11 20th, 2008| icon3Sin Comentarios »

icaro.jpg
Imagen del autor original en Flickr

 Luna y silencio.
¿Qué más puedo desear?
Tus manos, quizás tu compañía.
Pero vamos; luna, silencio, y flores entonces.

Y estrellas. ¿Por qué no?
Puestos a crear, creemos.
Alondras que sepan cantar en la noche
y también una tenue brisa secreta.
El alba en la espalda (la noche al frente)
y el rocío imposible en los pies.

Entonces, paraíso.
Pero soledad.
Repetidos pasillos
y puertas de madera.

Las alas siguen volando
pero ya sin cuerpo.

Oct 17

m_flores.jpg
Foto del autor original en Flickr

El jardinero no quiere cortar ninguna de las flores de su jardín. Él me dice que por la noche, bajo el amparo de las estrellas, esconden un encanto del que todo el pueblo es testigo. Asegura que cuando cae el sol, los pétalos empiezan a brillar en la penumbra, y que ese mismo brillo se contagia a todas las flores de alrededor. Y que luego, todas se deshojan a sí mismas, y empiezan a flotar en el aire formando figuras que –como cuando se juega al azar con las nubes- se parecen a personas y símbolos de amor: un beso, un corazón, una ola quebrándose en la orilla.
Pero cuando es de día –es decir, cuando me siento a mirarlas- no se distinguen en nada de las otras flores que he visto. Yo no puedo venir de noche porque tengo muchas ocupaciones, realmente tengo muchas ocupaciones. Miles de responsabilidades que se sobreponen con otras responsabilidades aún más importantes. El jardinero no lo entiende, él sólo conoce a su pueblo, y a su jardín. Él prefiere –y lo invito a usted lector, a que ría conmigo- encontrarse con alguien en una esquina, a esforzarse por conseguir un trabajo mejor o desarrollar sus capacidades intelectuales.
Incluso me siento ofendido por eso, porque el estudio para mi es primordial, y aunque admito que él no lo rechaza ni niega su importancia, me ofende que no me deje cortar alguna flor para estudiarla a fondo; argumentando que cualquiera de esas flores -y por lo tanto también cualquiera de esos encuentros casuales que tanto nombra, y tanto parece desear- son mucho más importantes que el estudio o el trabajo.
Repito mi petición con amabilidad varias veces, y siempre me dice que no. Me invita a que venga, y vea el jardín en la noche. Me dice que casualmente hoy, la luz de la luna va a ser providencial para disfrutarlo, como pocas veces sucede. Pero yo tengo muchas responsabilidades. Lo rechazo, y en base a mi estudio concluyo y escribo en mi libreta mientras río -sabiendo sin ninguna duda que tengo razón: “el jardinero está mintiendo”.

Ya había mencionado una vez este tema. Y también para más información en relación a esto, ver el capítulo siete de “El Principito”.

« Entradas Anteriores