
Foto del autor original en Flickr
“…all the little boys and girls
living in this crazy world
all they really needed from you
was, maybe, some love…”
John LennonHay una niña sentada en un pequeño banco de madera, al lado de un cacto espinoso que triplica su tamaño. El sol arrasa el desértico suelo, y el escaso viento hace rodar pequeñas piedras a sus pies. Está desnuda. Su piel es morena y su cabello sucio. Tiene la mirada fija en algún lugar del horizonte. Está como esperando algo. Por el camino paso yo, aunque en realidad no me he movido de mi sillón de cuero en Buenos Aires, con el aire acondicionado encendido y un vaso de agua fría en la mano.
Me resulta extraño a la distancia, ver que aunque esté desnuda, tiene un diminuto arito en la oreja; pero no le presto más atención al detalle. Me acerco caminando con lentitud para que no me vea. Sé que me daría vergüenza encontrar que sus ojos son tan humanos como los míos. Sus manos están temblando aunque el calor es agobiante, y un ciempiés, o una especie de insecto que nunca he visto, camina encima entre sus dedos, sin que ella se perturbe. Está acostumbrada a ser devorada de a poco sin tener culpa alguna.
Mientras más cerca estoy, más miedo tengo. No sé a qué le tengo miedo, estoy muy cómodo.
Con timidez la saludo. Responde mi saludo, pero baja la cabeza. No tiene ningún diente en la boca, no puedo estar seguro si es por la edad o por algún otro motivo. Estando tan cerca puedo ver que tiene los brazos hinchados. Estando cerca puedo ver que se saca de la oreja lo que yo creí que era un arito. Puedo ver que en realidad era un pequeño gusano. Puedo ver que lo lleva a la boca y lo come. Quizás es lo único que comió en el día. Quizás es lo único que comió en la semana. Otro pequeño gusano se asoma pero ella no lo siente, son demasiados, y no se mueven de allí. Le pregunto cómo se llama, y me dice Amira. Me mira a los ojos. Los suyos son oscuros, de los míos no importa el color, pero doy fe de que jamás habían visto algo tan triste como esa niña. Le pregunto qué está haciendo ahí. Me dice que no se acuerda. Me da la misma respuesta cuándo le pregunto dónde están sus padres. Me dice que me va a contar un cuento. Me habla de un hombre que mató hace más de cien años a los padres, de los padres de su padre. Me dice que en esa época su abuelo, que era un bebé, se salvó junto a otros pocos. Me dice que desde aquel día están esperando el momento en que todo cambie, me cuenta-ya fuera del pequeño cuento-que cada cierta cantidad de años -no sabe precisar cuantos- viene un hombre distinto a su casa a decirles que ese momento se acerca. Cada vez que viene es una fiesta, y hay comida de verdad. Ellos sólo tienen que aportar su grano de arena, según dicen. Tiene que ir y poner el papel indicado en el sobre; allí, en esa ciudad donde se ejerce el deber de ciudadano, a unos cuántos kilómetros del pequeño pueblo que nadie sabe cómo se llama -tal vez porque tiene miles de nombres en miles de idiomas. Luego queda esperar. Ya van tres generaciones de espera. Pero seguro que el momento se acerca, me dice con una sonrisa verdadera. Yo no soy nadie para robarle la esperanza, le devuelvo la sonrisa. Ella me ha robado la esperanza a mi.
Se hace de noche y empieza a caminar. Yo voy detrás. No la veo porque está demasiado oscuro, pero escucho sus pasos y los persigo. Cada vez que piso algo húmedo, agradezco que la falta de luz me de el beneficio de la duda, entre si es agua, o sangre de sus pies. No quiero introducir en la ecuación al hecho de que no ha llovido en meses.
A nuestra espalda hay más estrellas de las que jamás imaginé.
No puedo decir cuánto tiempo tardamos, pero puedo estimar que fueron varias horas. Medir el tiempo por la cantidad de gritos de dolor que ella soltó mientras caminaba, sería demasiado cruel. Pero sobre todo impreciso porque ella es muy resistente.
En un momento llegamos a una especie de rancho donde el techo y el piso eran de paja y donde un madero ardiente alumbraba todo. En el rancho estaba uno de sus hermanos. Le dio un abrazo cuando llegó. A mi no me presentó, de hecho creo que él no me vio. Era como si yo fuese un fantasma –luego de escribir estas palabras, alguien que las leyó me dijo que todos parecemos fantasmas-.
Amira se acostó en el piso al lado del madero. Su hermano la cubrió con una manta y le deseo buenas noches; luego se fue. Ella me dijo que antes de dormirse le gusta jugar a distorsionar su memoria, y que se prepara para soñar nuevamente lo sucedido en el día pero con las modificaciones a su antojo. Me dijo que esa noche iba a modificar casi todo, que iba a soñar que tenía ropa y que sus padres también le deseaban buenas noches. Me dijo que iba a soñar con comidas más sabrosas. Me dijo que iba a soñar que llovía y que podía lavarse un poco. Me dijo que lo único que iba a salvar de ese día era mi visita. Luego cerró los ojos, y me dijo que a ella le gustaría que me quede allí; y que mañana además, venga otra persona.Yo desperté en mi casa con mis eternas comodidades; aliviado en cierta forma de que Amira sea solamente una pesadilla. Lloré cuando pensé que esa idea, era igual de ingenua que sus sueños. Lloré cuando me di cuenta que en el mundo, hoy murieron treinta mil Amiras que tenían esperanza de que yo me quede, y que haga algo además de llorar.







