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Carmen

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Foto del autor original en Flickr

Fue casi simbólica. No puedo siquiera imaginar otra forma de describir esa mañana, que quizás incluso sucedió por la tarde. El anciano llevaba más de veinticinco años viviendo sin un sólo reloj en la casa, sometido a una rutina fotofóbica y a una dieta de luna y literatura. Debo decir, sin embargo, en su favor, que jamás profirió alguna palabra ofensiva en mi contra. Me trató con gentileza desde el primer día en que llegué a su casa, hubo alguna vez un altercado, pero descubrí que los problemas sólo sucedían cuando yo quitaba o ignoraba alguna de las piezas de su estructura. Inexorablemente terminé siendo muy culto, conociendo la doctrina de aquella perdida casa, como conoce un rabino a la Torah, o como conoce un niño la ley de la gravedad.
Cenábamos a la hora en que a través de la hendija de la puerta principal, podían verse pasar a las primeras prostitutas que poblaban las esquinas. Antiguamente, el anciano se quedaba horas observando para encontrar a la luna por esa pequeña hendija,  pero amargamente aceptó que no la iba a encontrar todas las noches, y que lo único que se repetía de igual forma fuera de su casa, eran los pasos de esas mujeres trabajando. Esas mujeres a las que tanta repulsión les tenía. El almuerzo era algo más complicado, ya que abundaban las persianas en los pasillos, y el anciano siempre evitaba los fugaces destellos de luz que se filtraban en los rincones. Quizás por eso fue mi destino convivir con él durante tanto tiempo. De cierta forma ambos nos necesitábamos, éramos parte de una misma moneda. Él, espiaba a la oscuridad en la noche, y yo lo hacia en el día, contabilizando laboriosamente la cantidad de automóviles que pasaban desde que ambos nos despertábamos. Ciento cincuenta y cinco era el número. Luego, comíamos.
No menos ingeniosa era la forma en que conseguíamos la comida. Muy pocas cosas podían sobrevivir desamparadas de la luz, cobijadas solamente por la oscuridad. Pero había una que sí lo hacía, y de la cual dependíamos completamente para sobrevivir. La Cyclamen hederifolium, una flor. Está documentado por la mayoría de botánicos, que ésta flor no es apta para el consumo humano, pero muchas veces los documentos se contradicen frente a la experiencia propia, y yo discierno de la opinión científica en el caso de esta flor, a la que mientras conviví con el anciano llamé Carmen.
Jamás supe como llegó Carmen a su casa, ni como es que se regeneraba a sí misma. Me gusta imaginar que fue el regalo de alguna mujer, o, mejor aún, que es un regalo que el anciano jamás pudo dar a nadie, pero que alguna vez durante su juventud soñó en hacerlo. Un regalo que está esperando a ser entregado, y que no se resignará a desvanecerse hasta realizar su designio. En cada almuerzo, y en cada cena, comíamos sólo un pétalo de Carmen cada uno. Un pétalo era suficiente para mantenerse con energía durante la jornada, e incluso en ocasiones no llegábamos a comerlo por completo, puesto que Carmen guardaba algo de alimento milagroso en su esencia. O tal vez así queríamos creerlo nosotros. Lo más satisfactorio de todo, era reconocer cada día y cada noche, un sabor distinto en los pétalos. Algunas veces parecía con sabor a frutas, otras veces con sabor a hierbas, y otras veces con sabor a Carmen. Pero nunca era igual. Ni Carmen, ni la hierba, ni la fruta. El anciano estaba sometido a su rutina, porque durante toda su vida había intentado comprender la forma multifacética de Carmen, no necesitaba más cambios en el día que los que su flor, su eterna flor, le brindaba.
Eso deduje yo cuando empecé a envejecer. Cuando empecé a tener miedo de espiar la hendija en las noches que el anciano se encontraba cansado. Sólo me atrevía a hacerlo con un poco de soltura durante el día. Pero no podía hacerlo de ninguna otra forma. Olvidé por completo la contextura de la luna, y también la de los tacos de aquellas prostitutas. Sus pasos por las noches sonaban como un segundero en la vereda. Ya incluso no podía saber ciertamente si la luna existía, o si era algo que soñé durante una noche muy lejana.
Hablaba al comienzo yo, de una tarde, o una mañana. Hablaba de un momento el cual me lleva a transcribir estas palabras, como las últimas palabras que alguna vez pronunciaré. A la hora del almuerzo, luego de los ciento cincuenta y cinco autos-que ya eran muy distintos a los que había contado mi primer día en esa casa- llamé al anciano para advertirle que era momento de comer. Asintió al otro lado de la sala, y se puso los guantes con los que cuidadosamente robaba los pétalos a Carmen. Caminó por los pasillos, con mi sombra detrás de él. Ninguno de los dos hablaba en estas situaciones. Se acercó al pequeño placard de madera donde estaba Carmen, y lo abrió con el cuidado de un cirujano, temeroso a que una ráfaga fuerte de viento tomé desprevenida a nuestra fuente de vida. El anciano estaba enfermo, y de igual forma parecía estarlo Carmen. Ambos balbuceaban, Carmen meciéndose entre las caricias del anciano, el anciano quitándose los guantes para sentir con los dedos, por primera y última vez, el frío tallo de Carmen. Puedo casi asegurar, que el anciano sonrío al momento de tocarla, y si de deducción se tratase, diría también que Carmen esbozó una sonrisa. Luego se desvaneció. Dejó un placard completamente vacío, un placard que ya no era más infinito, un placard común y corriente, un placard de madera. El anciano también se desvaneció. Dejó su cuerpo, un cuerpo completamente vacío, un cuerpo que ya no era infinito, un cuerpo común y corriente, un cuerpo de carne, un cuerpo que ya no le tenía miedo a la luz.
No puedo saber realmente si el anciano vivía para Carmen, o Carmen para el anciano. Sí puedo decir, que seguramente la muerte de uno fue la misma que la del otro.
¿Qué era yo, ahora sin el anciano y su estructura? ¿Qué era yo ahora, sin los pétalos de Carmen?
Por debajo de la puerta pude adivinar el sol. Quizás el día no era tan cruel. Recuerdo que durante mi infancia lo adoraba, recuerdo que las hamacas parecían ser un enlace junto al cielo. Por eso, tomo el picaporte entre mis manos de una forma que jamás había hecho, ignorando la hendija eterna que descansaba a sus pies, y doy lentos pasos hacia el exterior.
Si la muerte del anciano fue la misma que la de Carmen, temo que mi muerte sea la misma que la de este relato. El sol parece desvanecerse, creo que está acercándose el ocaso.

2 comentarios

  1. Maty Dijo:

    Impresionante, me encantó.
    Si escribís tan bien a esta edad, te depara un buen futuro :P
    Saludos

  2. germangallo Dijo:

    Jaja gracias. Me alegro que te haya gustado, pero un poco exagerado el comentario :P !

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