
En fin, adiós a la vieja Pentium III. Y por cierto, no sé por qué pongo una captura del escritorio si en realidad da lo mismo la computadora.
Cumplís 18 años. Te regalo un texto de Mario Benedetti para que pongas en práctica, ahora que estás más vivo que nunca.
Me gusta la gente que vibra, que no hay que empujarla, que no hay que decirle que haga las cosas, sino que sabe lo que hay que hacer y que lo hace. La gente que cultiva sus sueños hasta que esos sueños se apoderan de su propia realidad.
Me gusta la gente con capacidad para asumir las consecuencias de sus acciones, la gente que arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño, quien se permite, huir de los consejos sensatos dejando las soluciones en manos de nuestro padre Dios.
Me gusta la gente que es justa con su gente y consigo misma, la gente que agradece el nuevo día, las cosas buenas que existen en su vida, que vive cada hora con buen ánimo dando lo mejor de sí, agradecido de estar vivo, de poder regalar sonrisas, de ofrecer sus manos y ayudar generosamente sin esperar nada a cambio.
Me gusta la gente capaz de criticarme constructivamente y de frente, pero sin lastimarme ni herirme. La gente que tiene tacto. Me gusta la gente que posee sentido de la justicia. A éstos los llamo mis amigos.
Me gusta la gente que sabe la importancia de la alegría y la predica. La gente que mediante bromas nos enseña a concebir la vida con humor. La gente que nunca deja de ser aniñada.
Me gusta la gente que con su energía contagia. Me gusta la gente sincera y franca, capaz de oponerse con argumentos razonables a las decisiones de cualquiera. Me gusta la gente fiel y persistente, que no desfallece cuando de alcanzar objetivos e ideas se trata.
Me gusta la gente de criterio, la que no se avergüenza en reconocer que se equivocó o que no sabe algo. La gente que, al aceptar sus errores, se esfuerza genuinamente por no volver a cometerlos. La gente que lucha contra adversidades. Me gusta la gente que busca soluciones.
Me gusta la gente que piensa y medita internamente. La gente que valora a sus semejantes no por un estereotipo social ni como lucen. La gente que no juzga ni deja que otros juzguen. Me gusta la gente que tiene personalidad.
Me gusta la gente capaz de entender que el mayor error del ser humano es intentar sacarse de la cabeza aquello que no sale del corazón.
La sensibilidad, el coraje, la solidaridad, la bondad, el respeto, la tranquilidad, los valores, la alegria, la humildad, la Fé, la felicidad, el tacto, la confianza, la esperanza, el agradecimiento, la sabiduria, los sueños, la humildad, el arrepentimiento, y el amor para los demás y propio son cosas fundamentales para llamarse gente.
Con gente como ésa, me comprometo para lo que sea por el resto de mi vida, ya que por tenerlos junto a mi me doy por bien retribuido.

Foto del autor original en Flickr
“[...]
Dios mío, y esta noche sorda, obscura,
ya no podrás jugar, porque la Tierra
es un dado roído y ya redondo
a fuerza de rodar a la aventura,
que no puede parar sino en un hueco,
en el hueco de inmensa sepultura.”
César VallejoUno. Dos. Tres. Cuatro. Uno. Dos. Tres. Cuatro.
El movimiento pendular del reloj de pared lo distraía.
Uno. Dos. Tres. Cuatro.
Parecía tener una magia infinita y una sabiduría incomprensible en su monótono balanceo.
Uno. Dos. Tres. Cuatro.
Se acercaba al borde y progresivamente perdía fuerza.
Se desplomaba.
Desde su centro e impulsado por la caída tomaba una nueva fuerzaUno. Dos. Tres. Cuatro.
Así, siempre volvía a subir. Así, siempre volvía a caer.
Uno. Dos. Tres. Cuatro.
Se detuvo. Ya no había nada más que observar.
Sólo su lamentable sombra, que intentando comprender al tiempo y al secreto de la vida, había perdido la vida y los secretos del tiempo.
Uno. Dos. Tres. Cuatro.
Todas las vidas igual.

Un 24 de agosto como hoy, en 1899, nacia el escritor argentino -y lo afirmo sin ninguna vacilación- más grande de toda la historia. Fue en Buenos Aires, ciudad que en los versos de su poesía aparece constantemente, ya sea de forma explícita o no. Aquellos barrios de orilleros, las sectas del cuchillo y el coraje, el infinito patio de Palermo y los laberínticos entreveros poblaron de forma mágica su obra.
Me sabe a cuento
que se fundase Buenos Aires
la juzgo tan eterna
como el mar y el viento.
Nada puedo decir yo. La oscuridad fue adueñándose de él (Nadie rebaje a lágrima o reproche/esta declaración de la maestría /de Dios, que con magnífica ironía/me dio a la vez los libros y la noche[...]), de la misma forma que lo hizo con su padre, de la misma forma en que se silenció el mundo para Beethoven. Desde allí nos dejó un legado, las palabras actuando de forma pura. Esa es la sensación que tengo cuando lo leo, si está escrita la palabra “llanura”, siento que esa palabra se inventó para ese lugar exacto donde él la escribe.
Concluyo el post de la única forma que puede hacerse, citando un mágnifico texto tuyo, un autorretrato tan preciso como si de una pintura se tratase.
Borges y yo, El hacedor (1960)
Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII>, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Seria exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mi (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.
No sé cuál de los dos escribe esta página.

Esfuerzo@rae.es
[...]
2. m. Empleo enérgico del vigor o actividad del ánimo para conseguir algo venciendo dificultades.



